Sábado 27 de Mayo de 2017 - 01:12hs. - República Argentina Edición # 1688

Revista #44 Noviembre 2010 > Politica Nacional

De Néstor a Cristina, los presidentes del pueblo


Por Javier Azzali*

Al igual que el yrigoyenismo y el peronismo, hasta las muertes de sus líderes en 1933 y 1974 respectivamente, el kirchnerismo es la expresión política del movimiento nacional, surgido después de la furibunda crisis del 2001 y 2002. La importancia y vigencia del movimiento nacional en la memoria colectiva radica en que dio cuenta de la contradicción principal de nuestros países latinoamericanos: la superación de la condición de país dependiente de las potencias mundiales, del modelo de economía primarizada y de la supremacía de las oligarquías.

Cuando Néstor Kirchner asumió en mayo de 2003, el país estaba económicamente desintegrado y políticamente impotente. La crisis de representación política hizo que el sistema de partidos y la clase dirigente cumplieran únicamente un rol de gerente de los intereses del capital extranjero y los sectores dominantes. A la cita de alternativas de cambio social, también pegaron su faltazo los diferentes partidos de izquierda, dándose una situación similar a la señalada por John William Cooke antes de la llegada de Juan Perón al poder en 1945: “No es que la izquierda hiciera crisis: es que era una parte de la superestructura política del imperialismo y saltó junto con los demás pedazos de esa superestructura (...) El movimiento popular que atacó a la oligarquía y al imperialismo pasó a ser la izquierda, por cuanto representaba las fuerzas del progreso nacional y de la independencia del extranjero. Fue una situación revolucionaria.” Pero a diferencia de esa época, el pueblo estaba abatido y sin demasiada esperanza. Nada hacía prever lo que vendría en los años siguientes.

Ante la falta de ese movimiento popular señalado por Cooke, el diario La Nación se animó a plantearle sin escrúpulos a Kirchner, unos días antes de su asunción, un pliego de condiciones, bajo amenaza de “que duraría solamente un año”, con la exigencia de un alineamiento automático con Estados Unidos, inmediato encuentro con el embajador de ese país y con los empresarios, condena a Cuba, reivindicación de la última dictadura militar y el terrorismo de Estado, y mayor represión interna.

Sin embargo, al contrario de la exigencia del diario representante de las clases dominantes, una política nacional y popular se fue ejecutando de a poco y en la medida en que las relaciones de fuerza lo permitieron. Por eso, muchos son los logros desde el 2003 hasta hoy, los que en una apretadísima síntesis se resumen en que actualmente nuestro país ha recuperado niveles importantes de soberanía, con un avanzado proceso de nacionalización de la economía -con la industrialización y la recuperación parcial de las rentas primarias- y de intervención del Estado, consolidación del ahorro nacional derivado al mercado interno, mayores derechos y participación de las clases trabajadoras; también los derechos humanos como política de Estado, una institucionalidad democrática que excluye a la represión como respuesta a los conflictos, y un avance inédito en la unificación geopolítica latinoamericana.

El kirchnerismo es, entonces, de acuerdo a las actuales condiciones históricas, un frente nacional; tal vez en sentido débil, si se lo compara con la fortaleza que mostraba aquel de 1945, pero lo suficientemente decidido como para encarar las tareas democráticas y nacionales pendientes desde 1983. Su liderazgo se construyó en tanto fue el intérprete de los anhelos colectivos en medio de la crisis; y en la medida en que lo hacía, fue tomando forma el movimiento nacional. Algo parecido a lo que decía Arturo Jauretche, en cuanto a que Perón no había creado al peronismo, sino al revés, el peronismo creó a Perón. Pero también es necesario dar cuenta hoy más que nunca de que, más allá de que  Kirchner demostrara que para poder gobernar y ejecutar un programa nacional democrático era necesario acumular fuerzas, las debilidades de ese frente nacional son básicamente de organización.

Contra esta política nacional -que no oía sus exigencias iniciales-, los sectores oligárquicos dieron claras muestras de reacción, ya no tanto para imponer un programa propio, sino para enfrentarse al que se ejecutaba y “ponerle un cepo” al gobierno nacional. Decía Joaquín Morales Solá: “El malhumor de los centros urbanos encontró -es cierto- un eje en la protesta del campo, el único sector social en condiciones de sublevarse a un gobierno que hizo de la obediencia política un dogma. Pero aquel malhumor no se había fundado en las retenciones a las exportaciones. Reconoce otras razones: la inflación, las mentiras sobre la inflación, el incipiente desabastecimiento, la inseguridad colectiva y, acaso lo más novedoso, el rechazo a un método arrogante de gobernar, agravado por el atropello y la prepotencia de las últimas horas. También pudo haber influido la noción, tal vez inscripta en el inconsciente social, de que desde el campo se construyó la Argentina y que los campesinos reconstruyeron el país cada vez que éste fue destruido. Es lo que sucedió tras la gran crisis de principios de siglo. Sin partidos y casi sin instituciones, la política ha edificado, en síntesis, una sociedad de partisanos” (La Nación, 27/03/2008, “El verdadero mensaje de las cacerolas”). Allí estaba tanto el clima destituyente como el mito de que “sin campo no hay país”.

Desde entonces, dos proyectos se disputan el país; sus trazos generales han quedado bien delineados. Las movilizaciones masivas en la despedida de Néstor Kirchner expresan conciencia de esta disyuntiva histórica: el pueblo salió a las calles y a la Plaza de Mayo a expresar su dolor colectivo y a defender un programa de gobierno que significa la construcción de un país para todos.

A Kirchner lo despreciaron -y lo seguirán haciendo toda la vida- desde Mirtha Legrand hasta Mariano Grondona, Rosendo Fraga y las caceroleras de Recoleta, los patrones de estancia de la Pampa Húmeda, los militares represores de la última dictadura y los empresarios dueños del capital concentrado. Eso solo hubiera valido para ganarse como aliado incondicional a cualquier formación política con pretensión democrática y progresista, pero no fue así. No siempre la contradicción principal fue el eje del posicionamiento político de aquellas. Mientras, los buitres defensores de los dictadores, planeaban caerle a Néstor en algún momento de debilidad como venganza a su política de derechos humanos. La “parca” les privó de la satisfacción de su odio. Pero será mejor que tengamos en cuenta -“progres” incluidos- que lo mismo sigue valiendo para Cristina. Porque fue con ella, mujer puro coraje, inteligencia y valentía, que el odio de clase -en el que confluyen los de género y las pretensiones de pureza étnica europeísta- irrumpió con la violencia de una trompada. Es necesario, entonces, desprenderse de cualquier superficialidad en el análisis, y posicionarse políticamente de acuerdo a esos trazos generales de la historia.

Del festejo por el Bicentenario a la despedida popular de Néstor, pasando por distintos actos políticos y gremiales, se advierte sin dificultad un creciente protagonismo de los trabajadores, los sectores populares y la juventud. Pero también hay que dar cuenta de que eso no es la totalidad de la sociedad: importantes sectores sociales aún no se sienten comprometidos con la lucha por un país para todos. Entre ellos, hay que diferenciar a los sectores oligárquicos de aquellas clases medias -en especial de los centros urbanos del país y las “porteñistas” de la Capital Federal- que son resistentes a abandonar la mistificación de la pedagogía colonial. Esto último es vital: cualquier proceso de transformación interpela a todos desde la incomodidad, el riesgo y el sacrificio, por lo que es necesario una política de comunicación clara y contundente que tienda a crear consensos y a convencerlos de que ese camino, que asume los conflictos sociales existentes, es el más conveniente. Todos nosotros formamos parte militante de aquella.

La claridad ideológica y emocional en el esfuerzo casi diario de la Presidenta Cristina Fernández, que se expresa en sus notables discursos, es una extraordinaria muestra de querer avanzar en ese sentido. De ahí que, parafraseando a nuestro querido Néstor, Cristina merezca ser llamada la Presidenta del pueblo.

* Centro Cultural Enrique Santos Discépolo
 

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