Domingo 26 de Marzo de 2017 - 09:58hs. - República Argentina Edición # 1626

Revista #42 Septiembre 2010 > Medio Ambiente

DESERTIFICACIÓN EN BUENOS AIRES Parte II

La degradación de la tierra en el extremo sur de la provincia no es sólo un problema ambiental. Migración, pobreza, desempleo e incertidumbre requieren algo más que la recomposición de los suelos. Para entender porqué se llegó a esta realidad, hablan funcionarios, técnicos y productores.


 

Por Manuel López Melograno y Luciana Lanzi

(Informe Especial Parte II)

 

Hubo algunas lluvias. Algunos pastos reverdecieron. Cada tanto la arena vuelve a ser noticia pero no es lo mismo que el año pasado. Ya no hay sorpresa. La realidad climática abofeteó en 2009 a los productores de Carmen de Patagones, arrojándoles en la cara lo que habían hecho tantos años de sequía y tantos otros -muchos más- de trabajo intenso sobre esas tierras frágiles. Ya no se habla de cosechas perdidas; ni siquiera se intenta sembrar. Se convive con el polvo y los campos desolados. Se sobrevive a la desertificación.

Los suelos no son los mismos, las personas tampoco. La improductividad pesa sobre las espaldas de los que tuvieron que irse y de quienes se quedaron para no dejar sus campos a merced de la inseguridad y el olvido. Después de que el desierto los catapultara a la primera plana de los diarios nacionales, para Carmen de Patagones los días transcurren sin la adrenalina ni la agudeza de la emergencia. Pero con el problema latente: la tierra herida y en carne viva.

Suelos livianos y muy poco desarrollados que se formaron en condiciones de sequedad desde su génesis misma. Hasta los manuales escolares sabían de la posible degradación por el sobrepastoreo de la oveja y la intensidad de los vientos. Sin embargo, la Patagonia toda fue deteriorada durante el siglo XX. En el extremo sur bonaerense, esa erosión se magnificó porque además se creyó que se podía hacer agricultura de la misma manera que se hacía en otras áreas húmedas.  

El mapa de suelos de la provincia de Buenos Aires, publicado por el INTA, clasifica a las tierras del partido según su aptitud: de uso ganadero, pastoril y en algunas áreas para fauna silvestre, esparcimiento y captación y retención del agua. No habla de agricultura.

Si bien la definición puede resultar radical para los técnicos y especialistas, abre los ojos para revisar la explotación real e histórica de la tierra en esa región, donde la sequía obnubila a los trabajadores rurales que necesitan poder volver a producir. Despegar. Salir de la arena movediza.  

En tierras secas e improductivas como esas vive uno de cada tres habitantes del mundo. Y hay más de mil millones de personas que tienen amenazada su subsistencia y el acceso a los alimentos por el avance de la desertificación. La Organización de las Naciones Unidas acaba de declarar al período 2010-2020 “Década para la Lucha contra la Desertificación”, como un grito de conciencia sobre las graves consecuencias que trae la erosión de los suelos.  Esas tierras suman hoy más del 40 por ciento de la superficie del planeta, sustentan un tercio de las cosechas y el 50 por ciento del ganado. Pero cada vez producirán menos.

Sólo en Argentina, dos tercios de la superficie están en esas condiciones o en vías de transformarse en desierto.

Perfil del productor

La desertificación tiene implicancias sociales mucho más profundas que la pérdida del capital suelo y la baja de la producción. Ha afectado la salud de los pueblos. La relación del hombre con la tierra viene de largo: es parte de su historia, su idiosincrasia, el espejo que le muestra su propio rostro.

Otro factor que se suma es la cultura ancestral. Con el proceso de colonización, los inmigrantes -alemanes del Volga, italianos y franceses - llegaron a la región a finales del siglo XIX y trajeron los conocimientos de su trabajo en Europa. Llegaron para trabajar acá como lo hacían allá, con sus avances en calidad del trigo, sus ideas, sus herramientas y sus comidas. Para aquellos jornaleros del viejo continente, el trigo fue la vedette. Querían sembrar, cuidar y cosechar su cereal preferido que se adaptaba bien a la aridez de la zona. Contra todos los alertas técnicos, la idiosincrasia se volvió capricho. Y a fuerza de buenos rendimientos, el trigo se trasformó en el monocultivo regional: algo similar al boom de la soja que copó el país entero, pero en el sur provincial.

“Producir un cultivo, por más rentable que sea, en un lugar o en otro, genera consecuencias distintas y esto hay que asumirlo. Es claro que la humedad y la fertilidad de los suelos son distintas, no tenemos todo un país igual”, dice el ingeniero Octavio Pérez Pardo, director de Conservación de Suelos y Lucha contra la Desertificación de la Nación.
 
Alberto Perlo es ingeniero agrónomo y director del INTA Hilario Ascasubi, la institución que monitorea y asesora a los productores de la región desde el epicentro del desastre. “El uso real de la tierra está dado por una excesiva agricultura debido a problemas estructurales que hacen que el productor trabaje de ese modo. Si tenés pequeños productores que hacen trigo porque es la única alternativa que tienen, porque tienen toda la maquinaria, porque traen esa cultura, ¿cómo cambiás eso? Hay que poner guita y hay que hacer una ley que dé premios y castigos indirectos; decirles: ´si rotás cultivos, si hacés tal práctica, entonces tenés la ventaja de que el Estado te ayuda´. Porque, en definitiva, lo que define la situación es cuánto le entra al tipo en el bolsillo”.

Daniela Gross lo sabe. Es hija de productores y miembro activo de la Agrupación Mujeres Agropecuarias de Stroeder, una organización que nació en 1996 cuando el fracaso de las cosechas hizo que el sector no pudiera hacer frente a los créditos que habían tomado. Sabe también otras cosas: Que el chacarero tiene parcelas de campo muy chicas y que es mínimo el porcentaje de productores con grandes extensiones que permitan buena rentabilidad; que la familia es la que hace el trabajo y que la mayoría sólo cuenta con educación primaria. Que los que se quedan son, por lo general, matrimonios mayores, mientras los más jóvenes se van a Bahía Blanca porque no hay posibilidad de trabajo. 

Pequeños productores descapitalizados, chacras con suelos erosionados, unidades de subsistencia mínimas; volver a empezar significa buscar otros rumbos o apelar al financiamiento de nuevos créditos que no pueden ni podrán pagar. La tierra les devuelve poco y nada. Muchos perdieron hasta las maquinarias cuando, desesperados y en medio de los vendavales de arena, vendieron los tractores, arados y cosechadoras. Reiniciarse en la actividad también implica repensar qué es lo que se va a hacer. “El productor es muy individualista, le cuesta mucho integrarse con el otro. Se van los hombres y quedan las mujeres con la familia. Es momento de dejar de creer que vamos a salir adelante con el trigo y las vacas”, asegura Gross. 

Horacio Schmithd es un histórico productor de Stroeder por herencia familiar y por gusto personal. Reconoce que por los altos costos es un lujo vivir en el campo. Con enormes manos curtidas y sentado en el comedor de su casa, arroja sobre la mesa el ideal del que muchos hablan pero pocos predican: producir con sustentabilidad o depredar el suelo con el afán de sacarle el máximo que la tierra pueda dar. “Cada uno sabrá lo que hace y por qué apostó a sembrar. Quizá en su momento también se tiró sus últimas fichas pensando que ese año se iba a salvar; se dedicó a cultivar y la realidad es que muchos han tirado un montón de plata a la tierra. Yo tuve suerte porque no tengo el campo volado, pero no hice plata”,  dice en la tranquilidad de su hogar, mientras mira por la ventana algunas de las parcelas que tiene bien conservadas por estar paradas, inactivas, desde hace más de seis años.

Muchos no pueden irse. No sólo se pone en juego la querencia, el amor por su tierra. Es que si se van, no tienen capital porque los campos están degradados y no quieren malvenderlos para mudarse. Esa es la historia de muchas familias que se niegan a moverse por temor al robo de casas, galpones o animales.

La sustentabilidad posible

La situación es compleja y desesperante. El productor tiene poco margen de error. O sobrevive o cuida el ambiente. El endeudamiento acarreado en los últimos treinta años lo deja en una condición más desfavorable que la incertidumbre que el mismo clima le impone. Con cada campaña se juega a todo o nada. Y todo, en los últimos cinco años fue cada vez menos: el ganado vacuno se redujo al 30 por ciento y las últimas tres cosechas de trigo nunca pudieron levantarse. “Siempre están apostando una carta que por ahí no es segura. Eso les genera problemas, pero por algo lo hacen”, dice Perlo.
 
No es cuestión de echarle la culpa a los productores, porque muchas veces el mismo Estado otorgó créditos a quienes tenían más animales o producían más vacas, en lugar de ayudar a quienes practicaban un esquema agropecuario conservacionista. 

El especialista en suelos y coordinador nacional del Área de Control de Desertificación del INTA, José Luis Panigatti, dice que debemos adaptarnos a cómo son los ambientes. “Si un ambiente es árido, no podemos ir a batir el parche y decirle al gobierno que nos ayude porque hay sequía. Si es árido es árido y va a faltar agua. Y va a faltar siempre.” 

El ingeniero Perlo insiste en que el punto está en garantizar la rentabilidad de cada campo. “Si el tipo tiene quinientas hectáreas, la rentabilidad es tanta. Bueno, tenemos que mejorársela de alguna manera; hay que meter al gobierno para que los exima de pagar algún impuesto o les dé algún beneficio. Si nosotros queremos que haya más ganadería, démosle créditos accesibles para la retención de vientres y apoyo tecnológico para llevarlo adelante. Y si no alcanza, hay que meter algún otro factor externo para compensar. O definamos, de una vez, si queremos que el productor se quede o se vaya”.

Qué hacer 

Información hay y eso se sabe. Incorporar tecnología como la siembra directa -que no remueve el suelo y demostró contribuir así a evitar la erosión- no es una política caprichosa, cuando un estudio del INTA arrojó que el 88 por ciento del trabajo rural en la zona no se hace con las herramientas adecuadas. Especialistas y técnicos coinciden en la necesidad de concretar la instalación de cortinas forestales, los créditos asistidos, el control de los desmontes.

Para una sociedad que vive de los recursos naturales, no es inteligente justificar a cualquier precio el deterioro de la tierra. Hay que discutir qué tipo de estructura y modelo de producción agraria se quieren. Planificar educación para adultos. Activar las economías regionales. Valorar el medio ambiente durante las campañas y también en las gestiones. En la ciudad y en el campo. 

No pasa por echarse las culpas, sino por asumir las responsabilidades y concluir que la que se ha equivocado es la sociedad toda: no es un gobierno, ni otro, ni el productor o el organismo de investigación. Todos tenemos un poco de culpa. 

La desertificación trabaja las 24 horas del día, los 365 días del año. Como dicen en la vecina Bolivia: ahora es cuando. 

Lo que el viento se llevó 

El crack financiero y la depresión económica marcaron profundamente la historia de los años ‘30 en los Estados Unidos. Pero en el recuerdo de esa década dolorosa, también hay un lugar protagónico para la desertificación. Fueron largos años sin lluvias en los que la situación no dejó de empeorar: la sequía se profundizaba con el tiempo y la degradación se hacía cada vez más evidente.

De este a oeste, las tormentas de arena hicieron su aparición en las planicies aradas una y otra vez del centro-oeste americano. Imparables, los suelos de los Estados de Nebraska, Kansas, Texas u Oklahoma se volaban cada vez más. Al promediar el decenio, las tempestades de polvo se sucedieron, una tras otra, casi sin pausa, durante meses; tan espesas que no dejaban ver la luz del sol.

Fueron años de devastación que quedaron inmortalizados en fotografías, pinturas, libros y películas. El viento lo arrastró todo y desparramó los terrones resecos de tierra antes cultivada, inundando de arena  los hogares, el agua, la comida y hasta los pulmones de animales y personas que comenzaron a morir sofocados, en un cuadro que se conoció como “neumonía del polvo”.

La desertificación destruyó más de 40 millones de hectáreas en la Gran Llanura estadounidense. En aquel momento, las tormentas de arena eran la “amenaza nacional” y con el tiempo se supo que fue el desastre ambiental más grande de la historia norteamericana. 

Sin embargo, ese fenómeno que significó la destrucción de la tierra y un descomunal desplazamiento de población que huía de la pobreza y el desierto, dejó también una enseñanza.  Hasta entonces primaba en Occidente la idea de que el hombre podía explotar el ambiente a su antojo según la demanda del mercado.

Fue el experto en agricultura Hugh Bennett quien habló por primera vez de la labranza conservacionista y se encargó de concientizar sobre los peligros de erosionar la tierra. Había sido elegido por el presidente Franklin D. Roosevelt para dirigir el flamante Servicio de Conservación de Suelos, creado en medio de aquella emergencia.

Pero además de la conciencia y las herramientas para producir sin desertificar, el país también necesitaba leyes. Mientras exponía sus argumentos ante los congresistas norteamericanos, Bennett abrió las ventanas y esperó que llegara la tormenta anunciada. Dejó que la nube de polvo entrara y sacudiera a los legisladores de la nación. Pidió la palabra y señalando les dijo:

“Ahí se va el principal capital de los Estados Unidos, que es el suelo”.

Fue la sentencia más convincente para dejar en claro que preservarlo debía ser una condición estratégica nacional. Estados Unidos hizo luego hasta una Enmienda Constitucional para demostrarlo.

La desgracia de esos años es un ejemplo del daño que puede generar el mal uso de la tierra y de que también existen herramientas adecuadas para trabajarla. Lo que en los años ´30 fue la amenaza de un país, hoy es una preocupación global. Preocupación por no haber aprendido aún –casi un siglo después- aquella lección.

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